«Nindirí es el nombre de una princesa, modelo Pocahontas, de esas que se enamoran de un terrible conquistador y le descubren secretos, como la princesa mora de Antequera o la que permanece en el Garoé, en El Hierro, cerca de Guarazoca.
También es el nombre de un pueblito pequeño en Nicaragua.
Esta casa lleva su nombre.»
(Hice esta foto de la laguna grande de Neila, en Urbión, a principios del mes de agosto de 1986. No recuerdo muy bien si era por la mañana o por la tarde. Su color, con predominio de rosas y lilas, me impresionó (¿quizá malva?) En el segundo piso del Molino de "Castañares" se conserva la primera ampliación que se hizo de esta foto.)
La tierra ya no cruje. Han bastado dos chaparrones del domingo a hoy para que broten los primeros tallos verdes y aparezcan campanillas y gencianas. Sí, gencianas y un poco de barro tostado como preámbulo al Otoño que aquí sonríe pronto, a pesar de San Miguel.
El lunes o quizá el jueves, cambiaremos las sábanas de algodón por la calidez de las fundas nórdicas, pensando en asar castañas en poco tiempo.
¿Sabéis?, Paco recogió la pequeña cajita, la del membrillo, y ha remendado algunos nidos, pero los pájaros se van y los que deciden quedarse se arremolinan en el gallinero, entre mallas, esperando que yo les compre sebo y haga esos ungüentos que me enseñó “I” para las tardes de frío.
Pronto, en un mes y medio, habrá que picar los bebederos para quitarles la escarcha, cubrir los jazmines que empezaron a enredarse en las rejas del dormitorio y, tras un pequeño acodo, proteger los dos pequeños limoneros de la entrada.
Pronto también podré haceros llegar alguna imagen de esta casa, si las cosas continúan preservando los días y si mi tiempo no se hiberna.
He tardado un poco en acompasar nuevamente el ritmo de la casa y he traído los cuentos de Pooh y una nueva edición de la historia del Squire Trelawney que, siendo ilustrada, completa la magnífica presentación y texto de la que editó "La Mota Negra".
Porque,
de acuerdo con mis gustos,
al esparcir mis sueños por la casa,
desentierro la costumbre ya olvidada,
ante cielos tan claros,
de leer arropado en una manta,
sin dejar que me quemen lo vivido,
dentro del barril de manzanas de mi infancia.
He perdido el color de arena y ya no me ayudan a escoger las mezclas tan acertadas que puse en un muñeco de barro, roto por el aire, compuesto con miga de pan y engrudo, cepillado en sus aristas y pintado con colores de niño. Muñeco que dejé en Altea y no sé si sirvió para algo sencillo o si provocó más lágrimas inútiles e impropias en su dueño que, en el recuerdo de un hijo lejano, tenía su esperanza en esa figura, en esa fragilidad con la que los niños hacen masita de su arcilla.
«¿Y por qué si me enseñaste los sitios de tu cuerpo, de tu alma, era tan difícil enseñarme tu país, tu ciudad...?» (del "Cuaderno de ella")
Hoy voy a escribirte a ti personalmente, así que no mires de esa forma estas líneas.
Busca detrás de ellas.
Escarba en esa pantalla que tienes o en ese papel que te dan a leer, para ver si me encuentras en ello, aquí, sentado:
―¿Ya me ves?
―¿Y qué ves...?
―¿Hay alguien detrás de ti...
o ese ruido ha sido en la calle?
Quizá te da reflejo la ventana y te incomoda esa silla que tú sabes que no es tan cómoda.
Y viéndote así, tan cerca, ya no me asusta esa mano que fotografié sin que te dieras cuenta (¿o no lo hice?) y que me conozco como si fuera mía.
No la escondas; desde aquí también se ve y voy a llevar su imagen a la zona baja de los pinos, donde la hierba (yerba, Djerba) cruje de seca y lo senderos de hormigas parecen caminos de serpiente.
―¿Ya has sabido algo de mi mynah o de mi calao?
Mañana atravesaré por ti (¿contigo?), una vez más, el bosque de los gnomos que baja hacia Saja y veré campos segados a un lado y a otro, oiré al jilguero y al pimpín, entre el rumor de agua. Pero hoy estoy ahí, hablando contigo, de ti, de tú y yo y de las líneas que quiebran.
Tengo que decirte que no me gusta la traducción de ese libro; sí, ése que habla y escribe "por sobre el volcán" o que dice continuamente "escarpadura".
Y te daré, a cambio, la palabra "hinojo" y la palabra "lavandera", para que te huela a anís lo que piensas, lo que sientes.
Mañana tengo que volver a Llanes.
Murió un hermano de mi padre, mi tío “G” y voy al entierro en representación de ya no sé quién (¿en representación de mí mismo?)
No era hombre muy querido, pues dicen que hizo todo tipo de cosas deleznables. Mi madre aún le odia, aunque mi madre odia a mucha gente de una forma peculiar. He tenido que convencerla para que no viniera conmigo, por la paliza del viaje, pero me llevo a Sebastián que, como ya te dije hace tiempo (¡¡¡insistente!!!), tiene ocho años cumplidos el 22 de julio. Hoy le han sacado dos dientes de leche, porque le estaban creciendo por detrás los nuevos y se ha quedado mellado, sin paletas, así que ahora puede silbar mejor, como Huckleberry Finn, y yo debo evitar incomodar al Ratón Pérez.
Yo, ya sabes, colecciono ejemplares de "La Isla del Tesoro" y miradas, miradas de ventanilla de coche y no esas revistas tan raras que tienes en la mesa del salón.
He comido en Madrid y he revelado mis fotos del verano, llenas de gente y de terneros, gentes que te son distantes y gentes que te son próximas.
En cuanto a los terneros..., ¿qué sé yo lo que tú piensas de los terneros?
Porque..., ¿qué soy yo de ti o qué sé yo de ti?
No mires por detrás.
No hay nada escrito por detrás.
Me han dicho que tío “G” sufrió mucho estos últimos años con lo de la pierna, que se la fueron cortando hasta cinco veces y que eso, en un cierto silencio y sufrimiento, puede servir de consuelo, de un restañar los males hechos en vida.
Yo le vi el 17 de agosto; estaba bien, ¿sabes?
Junto a mí, frente a él, un niño rubio dormía, con el pelo muy corto, en una extraña postura que dan ciertas mochilas de "squaw", pequeños "hackworks" de un "Wig Wang".
A veces hablo Sasquash.
Mañana veré el mar por ti y por mí, sobre todo por ti, que estás en mí, pero yo estoy en tus líneas, ahí delante, entre tus manos.
Las calabazas manchan, fiaos de mí; manchan intensamente. Las hemos cambiado al garaje que parece menos húmedo que el cobertizo y hemos acabado como los del butano. Es un color denso, pastoso, oleífero, intensamente naranja.
A mí, de pequeño, siempre se me fastidiaba la mina del lápiz naranja y cuando ordenaba los lápices en el plumier o en la caja de "Alpino", el naranja siempre era el más pequeño por culpa del sacapuntas. La mina se quebraba una y otra vez y mi naranja acababa desmochado.
Ahora que soy mayor y que me busco el niño dentro, sin mucho éxito, tengo un sacapuntas más sofisticado, con manivela y todo, pero llevo poca constancia de las minas y poco control de mi niñez.
Mis mesas no cumplen las normas de Stevenson. Stevenson escribía cosas "Sobre cómo disfrutar en los lugares desagradables" o "Notas sobre los movimientos de los niños pequeños"[1]y también hablaba de las mesas. Yo hablo de lápices, de las sosobres o de las sobrejuanetes, que son unas velas pequeñas, cerca de las alas o sobre la verga de las juanetes y que son también dos palabras preciosas que sirven para insultar suavemente. Por ejemplo, si os enfadáis podéis llamar a alguien "sosobre"; aunque, pensándolo bien, llamar a alguien "sobrejuanete" es complejo, ¿verdad?
También me fijo en los grifos de los fregaderos y si empiezo a recordar mis tropiezos de estos tres últimos años me acuerdo de los grifos de los fregaderos de todos esos golpes. Los recuerdo todos como elementos violentos y díscolos. Conocí uno, a finales de 1998, que se cerraba sistemáticamente lo pusieras en la posición que fuera y, ¡claro!, impedía la comunicación habitual que uno tiene con el grifo del fregadero o con los platos con su grasita o con la dueña del grifo, que no es lo mismo, pero es igual, como decía la canción.
―¡Me lo puso mi padre! ―decía, para derivar la conversación hacia otro sitio y poder encerrarse en sí misma, como el grifo.
Son cosas de grifos y de mujeres, pero no carecen de su importancia. Seguro que vosotros tenéis un grifo así, díscolo, intempestivo, rebelde y contrario a la comunicación.
Sebastián ha puesto nombre a todas las gallinas y a todos los conejos (una coneja está gordita, así que...) Lo que ocurre es que yo creo que cambia los nombres cada vez que viene y como Paco se empeña en memorizarlo, los animales no hacen caso. Y la coneja que trajo Juani anda constantemente escapando de un cierto y desagradable acoso sexual.
Este fin de semana iremos a Bustarviejo, a las fiestas, a ver si nos pega un golpe una vaca y acaba de arreglarlo todo. Lo digo por si alguien se anima y quiere marcarse un baile, haciendo noche aquí, porque estas cosas, como la luna, son de noche.
En el fondo, lo que yo busco es ajeno a los grifos, a las mesas o a los lápices naranjas, pero lo que tengo es eso, barnizado de recuerdos y cargado de piedras.
Ando buscando las diferencias entre un calao y un mynah. Deben de ser muchas, pero no acierto a encontrarlas.
[1] ROBERT LOUIS STEVENSON, “La casa ideal y otros textos”, Ediciones Hiparión S.L., Madrid 1998.
Hoy han subido conmigo Sebastián y Jorge. Jorge se lleva muy bien con Lúa, le encantan los perros y los manzanos, tanto, que mañana buscaremos algún plantón más avanzado.
Y yo no paro de reñir de vez en cuando. Debe ser el hígado o esas llamadas que cada vez tenemos que hacer con más frecuencia a centralitas digitalizadas, que son barreras infranqueables.
Cuenta mi padre (contaba y cuenta, ya lo creo que cuenta y pesa en mi vida) que durante "La Guerra" habían instalado un organismo en un antiguo teatro o en el que era el Casino de Burgos. Era algo que se llamaba algo así como la "Dirección General para las Regiones Devastadas" y para su gestión "efectiva", a alguien se le ocurrió un sistema de señales en función del cual tenías que elegir una puerta u otra al entrar al edificio. Venían a ser unos letreros en las puertas que preguntaban cosas como, por ejemplo:
―¿Vivía usted en zona "nacional" o en zona "roja"?
―¿Está usted adscrito al “Movimiento Nacional...”? Eran veleidades como las de Casiano.
Casiano era un hombre de voz aguda, un íncubo (un "Grenouille" en homenaje a Madena). Había cuidado sus propiedades hasta el extremo y siempre jugaba a servir al poderoso. Un día, en Infiesto, avanzada la guerra, le quitaron las vacas y Casiano no paraba de repetir por el pueblo:
―¡¡¡Me llevaron les vaques y diéronme un papel que pone "COMITE"!!!
―Comíte, comíte―decía Casiano sin parar.
―Qué "comíte", ni que coño: ¡¡¡COMIÉRONLAS TODAS!!!
Volviendo a las puertas, tú debías hacerte la pregunta que encontrabas y escoger una puerta en función de la respuesta. El caso era que, en determinadas o muchas ocasiones, quizá por la terquedad que todos tenemos ante esas preguntas, había gente que tras atravesar no menos de ocho puertas distintas y largos pasillos o subir y bajar tres plantas con sus correspondientes preguntas, acababa nuevamente en la calle pero por la parte posterior del edificio. En este caso, ni te detenían, ni te fusilaban, sino que, en función de tus propias respuestas, habían conseguido un sistema en el que un alto porcentaje de personas no lograba otra cosa que volver a la calle.
Esa misma terquedad acompañaba a un escritor sudamericano, cuyo nombre no recuerdo, que con motivo de una invitación a una reunión del Pen Club en Nueva York, al verse obligado a rellenar los cuestionarios del visado ante la embajada americana, se topó con la siguiente pregunta:
¿Tiene Vd. intención de atentar contra la vida o integridad del Presidente de los Estados Unidos?
―Y yo puse que sí; obviamente… ―escribía este hombre sin desconsuelo alguno, sintiéndose algo gamberro.
―Y ¡¡¡claro!!!, me denegaron el visado ―decía con cierta pena.
A mí lo de las puertas de ese organismo de Burgos me pasa pero con las centralitas telefónicas.
Un año, regresé con ánimo fuerte a casa y grabé un mensaje en el contestador telefónico que era larguísimo. En esencia, yo trataba de que los que me llamaran pudieran localizarme a toda costa, pero el mensaje era excesivamente largo y disponía lo que había que hacer para enviar un fax (si es que no daba también mi grupo sanguíneo). “R”, que está de enhorabuena, me dijo que acababa agotada cada vez que me llamaba y le saltaba el mensaje, pero además estaba horrorizada porque el mensaje empezara a reproducirse nuevamente en Inglés o en Serbocroata, con la consiguiente angustia de tiempo.
Me di cuenta de que nadie dejaba mensajes, porque no podían: nadie era capaz de aguantar el coste de oír el mío. Y volví al de “N”, que hasta hace poco me acompañó. Tenía rumores de fondo.
Pues esas centralitas: "…que si quiere recambios pulse el 2 o si quiere el taller pulse el 14…", para luego quedar todo en la musiquilla, consiguen desconcertarme. Al final, acabo colgando o colgado, y hablando con quien no me corresponde.
Hay una muy buena de "Telefónica on-line" que después de preguntarte once cosas y hacerte pulsar trece números distintos e indicarte que los "operadores están todos ocupados", al cabo de un rato, hecho el gasto, te cuelga diciendo que llames pasados diez minutos.
Y yo aquí, como tonto, recogiendo tomates pequeños y sin procurarme un sistema digitalizado como esos.
Vuelven las tormentas, pero a mí ya me acompañan las sombras.
Carolina le ha comentado a Covadonga o Covadonga le ha dicho a Carolina (¡¡qué más dará!!) que si recibía los "CORREOS DE NINDIRÍ", para luego añadir que estos mis mensajes le parecían "cartas tristes en general". Y yo tengo que romper una lanza por este sitio, pues una cosa es lo que comento y otra lo que aquí sucede. Cuando hace poco rato recogía la ropa que Juani me encareció descolgar (las fundas de almohada de hilo se planchan mal si se secan demasiado) y que a Paco se le olvidó retirar este mediodía, pese a mi ruego, miraba el cielo y no he visto nunca antes tantas estrellas como aquí. Las hay por todas partes, hasta que uno se tumba en lo que queda de la hierba agostada en estas fechas y lo comprende. La Luna ―el cuarto menguante que sale estos días que yo solía pasar en Asturias desde hace años― se arrebuja sobre las estrellas de Miraflores y hace fresco.
Ayer hizo ya cuatro años que murió mi padre y a hablar con él de otra forma me ayuda este cielo que yo tengo y que querría me ayudase a refrescar este suelo, que no podemos regar completo por falta de caudal en el pozo. El resto sería dinamitar e intentar encontrar agua a cuarenta o cincuenta metros, pero eso debe quedar para otra época, aunque se nos vaya el seto.
Aquí hay silencio y piedra donde sentarse a rezar o a hacer punto. Hay la serenidad que uno necesita para casarse y el cariño que da una lengüetada de la perra. Hay una fuente fresquita, un botijo y una línea azul que te sabe despertar al amanecer, para que abras la ventana, respires y te pongas en las manos de quien quieras. Hay camas blandas y duras, muchas camas y sitio inútil. Buenos libros y pastillas de acuarela de la marca Rembrandt en todos los tonos.
No vemos el mar, pero nos lo montamos con horizontes largos y colores pastel, y no llevamos cuenta de las cosas; sólo nos ponemos en el lugar de los niños para intentar entenderlo y, como muchos ya sabéis, aunque tenemos varias clases de chocolate, hemos aprendido a “resbalarnos cuesta arriba” y nos da lo mismo quién llame a la puerta, porque ya está abierta y el que llama es porque no sabe que tenemos mariposas escondidas debajo de los teclados.
Hay amor, aquí hay amor; no el mío, ¡¡¡no!!!, sino el que aquí se respira y te abraza.
Hace tiempo que pensamos en poner cabañas y podemos hacer fuego o dejar al fuego que haga lo que quiera con nosotros, como si nos tocara con su olor, como si nos diera ese olor tiznado que trae la tierra seca. Seca como en Longai, en Gidabembe, en Naivasha o en el río Seronera, junto al cráter...
Y además, también se pone el sol.
Así que aquí no hay tristezas y dejamos salir a los conejos para que pasten libremente, escondiendo a Lúa.
Ayer por la mañana pasamos por un bosque de hayas en el que Sebastián ha buscado gnomos sin descanso, justo al dejar atrás el rebaño de vacas, antes de Saja.
Lo cuento porque yo no sólo escribo de lo que pasa, también lo hago un poco de lo que "me" pasa.
Cuando paramos, bajo nubes de helecho y raíces de espino blanco, Sebastián levantaba las hojas y las cortezas buscando sin cesar. Debe pensar que los gnomos andan debajo de las setas o junto a las fuentes, como las Xanas, y no se da cuenta de que los seres pequeños habitan más adentro.
Sebastián cree en gnomos, como yo; ha visto tres ―según dice― y tiene la espalda muy ancha de arrostrar estas cosas; la sonrisa también.
Mi primo “JS”[1], al que veo fatal, perdido y en tránsito (tan mal que le he dicho a Nicolás que cuando me vea como él me avise) me cuenta almorzando en “Canene” que a unas doce millas del puerto de Llanes hay una plataforma en la que se da el calamar, el "xargu" y algún rodaballo. El mar sube allí ―me dice― y los arrastreros gallegos, que esquilman la costa, no pueden faenar en esa zona por falta de calado.
"El casu ye", que aparte de la "ventrisca" (así en Gijón en "El Planeta") de Manolín [2] el de "El Campanu", pocos peces he visto en estos veinte días que os dejé en ausencia de Quely, la de "El Allende". En ese tiempo han madurado los conejos y las calabazas gigantes, tanto, que he quedado con Espe en llevarle semillas, porque Espe dice que cada año hay que cambiar las semillas de calabaza que se plantan. También vinieron los pimientos.
En la barra del "Pinín", en el Llanes de mi alma, una chica rubia de ojos aguados mastica un pequeño bocadillo de bonito con tomate. Tendrá menos de treinta años (si alcanza veintisiete). Ella no sabe quién soy yo, pero yo sí sé bien quién es ella y, como cosas que todos hacemos, me callo y dejo transcurrir el encuentro en un silencio avergonzado, para no despertar recuerdos, para no malquistar.
Y al paso de todo ello me recuerda Edith lo del juego de palabras que refirieron en San Carlos a “MV”, junto a San Juan del Norte ―que siempre está al Sur―, en honor de los refranes. Dicen (podéis probarlo) que añadiendo dos frases a vuestros refranes, queda todo muy propio y encajado. Así:
"No por mucho madrugar
ENTRE LAS SABANAS
amanece más temprano
ENTRE LAS PIERNAS"
Al añadir el "entre las sábanas" y el "entre las piernas" las cosas funcionan.
"Más vale pájaro en mano...
entre las sábanas..."
Probadlo.
También me enzarcé a caballo entre Noé y Guillermo y descubrí el Sella de otra forma, más por el ribazo que junto a las escarpaduras de Pancar, paseo entre cementerios que extendimos días más tarde hacia el borde de Poo, mirando esas tapias que a todos nos aluden en sus recuerdos de muerte violenta.
Terminé en tales días el libro de Matthiessen sobre "El árbol en que nació el hombre"[3], el baobab, y reiteré con otros muchos que no tengo miedo a la muerte, sino a morirme.
Aprendí que se puede ir a Niembro a buscar patatas, buenas patatas que crecen curiosamente junto a su cementerio marino y que su parte de sal las hace fuertes y de buen componer en tortilla.
Me llaman para decirme que murió “I”, la mujer de mi primo “JT”, veintiséis años. Comí con “JT” en Gijón el otro día, creo recordar que el martes 29 de agosto. Luego subí a Ceares y con los niños dejamos unos claveles en aquella puerta enrejada que no permite fijarlos.
Si pasáis en dirección a Colunga, por la carretera de la costa, no hagáis caso del indicador de Arriondas, pues aunque os obliga a subir al Alto del Fito, poco tenemos que ver allí.
Y si veis un gnomo o queréis una calabaza naranja para hacer puré, avisadme.
Fue entonces cuando decidí comprar aquel plato con la cestita azul y el pote y cuenco a juego; el plato donde pusimos la manzana de cera, la manzana roja, enorme y feliz de ser quemada en vela común. También fue entonces cuando todo se reventó y Nicolás era aún pequeño, muy pequeño. Lo compré por si Nicolás venía a casa ―ya no era su casa― y lo seguí conservando durante años, casi sin usar. Cuando el viernes temprano rompió una taza, la del tigre, pensé en sacarlo y dárselo. Uno por lo otro, me dije. Pero yo, muy conservador de inutilidades, lo tenía lleno de lápices de colores que los niños no usan.
Ya no hay niños.
Llaman por teléfono y vienen de vez en cuando, pero no hay niños. Tengo una cuna muerta y potes llenos de lápices, pero no hay niños.
“R” aún no había comprado la casa cerca de la costa de Andratx y yo no quemé la vela esperando algún momento propicio, pero no hay que esperar nada, nunca hay que esperar. El jueves por la noche pensé en hacerla arder entera, puse faroles y velas en el candelabro que me regaló “AF”, pero Nicolás era un ser hermético. Cuando pienso en esa palabra me viene a la mente "El Garaje Hermético", que ya no sé si era de Moebius, el servidor que usan “N” y “H”.
Nunca he sido alguien recomendable; eso no lo sabe “C”, pero lo presiente. Esta mañana observaba que tengo espigas en el dobladillo del pantalón verde. Se quedan ahí, pese a la lavadora; viven ahí para decirme que no soy recomendable.
Y ya no hay niños.
Dar un sentido a la vida es difícil, pero dicen los que saben que resulta lo más importante para tener ganas de algo y ser feliz.
Tengo una nevera pequeña llena de mariposas nocturnas. Debo abrirla de vez en cuando para descongelarla y las mariposas vuelan hacia la luz. Si la apago, si cierro la puerta, no hay mariposas y no se descongela. Puedo desenchufarla, descongelarla sin luz, pero entonces, ¿quién vendría a acompañarme?
Van a darme un buen golpe dentro de unos días. Lo notaréis por mi cadencia al escribir. No soy partidario de precondicionar mi vida o mis historias, pero sé que me van a dejar muy vacío y al fin me pierda en las marismas que yo he ido creando para atravesar. Habrá siempre alguien; algo he previsto o creo haberlo hecho.
Bueno, la verdad es que no he previsto nada, pero alguien lo hará.
Son unos días tristes y enormes, pero ya no hay niños.
En la madrugada del 16 al 17 de julio hubo una gran tormenta. Dormí en Madrid y me despertaron los truenos. Amanecí pronto y subí a "Nindirí" a las 7:30. Aquí encontré a Paco: ¡¡¡menuda sorpresa!!!
Todo estaba húmedo, frío, lleno de nubarrones, con la tierra agraciada y serena. Tomamos café y hablamos del tiempo, de las cosechas, de mujeres tristes, de Benidorm… A las nueve llegó Juani y hablamos de hijos, de maridos y de permanecer en las personas que queremos para compartir la vida, aunque sea a cachos.
Entre las 8:30 y las 9:15 de la mañana del 17, Iberdrola me obsequió con ocho cortes de luz repentinos y sin aviso. Días antes, la misma Iberdrola reventó mi UPS (Unidad de Protección del Sistema) que llevaba conmigo, sin un fallo, desde 1991. A causa de tal barbaridad eléctrica, mi ordenador, que siempre se ha llamado “Susana” (por si no lo sabíais) y debe tener grabado su nombre en algún lugar de la BIOS, dejó de identificar el puerto paralelo y el COM2. Este ordenador no identificaba sus impresoras y no reconocía el “módem”. Lo hacía o, mejor dicho, ¡¡¡NO LO HACÍA!!!, con esa prepotencia propia del mundo norteamericano, emanada de los súbditos de Bill Gates, diciéndome reiteradas veces:
“EL ORDENADOR NO ENCUENTRA NINGÚN MÓDEM. VERIFIQUE SI EL SUYO ESTA ENCHUFADO, APÁGUELO Y VUELVA A INTENTAR LA CONEXIÓN.”
Quizá recordéis cómo hace años los ordenadores, algunas veces, decían cosas tales como: “error 341”; y todos nos quedábamos absortos como si hubiera en algún sitio una lista numerada de errores. Eran otros tiempos en los que, de broma en broma, cargábamos un “prompt” en un ordenador ajeno y el “DOS” arrancaba con un fantástico ruido de agua, mientras el “286” mostraba el siguiente mensaje en pantalla: ¡¡¡Un minuto, por favor, estoy CENTRIFUGANDO!!!; con el correspondiente pánico del usuario al temer un calambrazo si tocaba el teclado
Mi pobre Creatix SG2834, que llevaba encendido desde 1996 (no tiene interruptor alguno de apagado), acompañándome en silencio, estaba ahí, encendido y el sistema operativo del señor Gates no conseguía encontrarlo.
Entre el 17 y el 24 de julio mi ordenador siguió funcionando. No podía imprimir ni conectarse a Internet, no podía deciros cosas, pero “Susana” funcionaba. Ya sabéis que lo bonito, lo dulce y lo tierno, siempre es pequeño y femenino. Pues mi ordenador es femenino y, como decía Gilbert Cesbron, "Vanidad es femenino y orgullo masculino, pero esto no es más que una simple coincidencia..." y también, “En francés, amor es masculino en singular y en plural ― les amours ― es femenino. ¡Qué hermosa injusticia!”[1]
En la mañana del 24 de julio, sin mi consentimiento, un imprudente del servicio técnico de "DELL COMPUTERS" (¡Ojo a los que tengáis un "DELL"!; ¡¡¡EL SERVICIO TÉCNICO NO FUNCIONA Y ES UN DESASTRE!!!), abrió mi unidad e intentó cambiar la placa base. Luego, al no conseguirlo, porque trajo una placa errónea, entró en mi ordenador y lo reventó entero. Desde el 24 de julio mi ordenador ya no consiguió arrancar y cargar esa especie de “virus" que se llama WINDOWS 95.
El 29 de julio, por la mañana, vino “J” y, tras seis horas de mucho cariño, arrancó el ordenador, identificó el puerto paralelo, logró que “Susana” imprimiera, demostró que nada erróneo había en la placa base y que, seguramente, mi módem se había estropeado por una buena descarga de Iberdrola.
Mi placa base ya no está aquí, se la llevó el imprudente del servicio técnico que destrozó el ordenador, así que, en algún estante mugriento de un servicio técnico anda un trozo de “Susana” bien grande que funcionaba perfectamente. En cuanto a “J”..., no sé si casarme con él o si ponerle una fuente en el jardín.
Había encargado el 19 de julio otro "DELL" más potente y, afortunadamente, logré suspender el pago de la transferencia bancaria. Luego encargué un nuevo ordenador a otra gente y aún espero que me lo traigan.
Ayer, al volver de Burgos y tras dejar a Nicolás, pensé ir a por un módem, en lugar de seguir esperando por el nuevo ordenador y hoy compré uno, lo instalé rezando a San “J” y conecté después de veinte días de soledad y desierto. El servidor me dijo que tenía 27 mensajes. No importa, hay quien, por alguna historia, de repente recibe doscientos entre miedos y esperanzas.
En este tiempo no había gallinas, ni perra, ni el peral, ni los conejos que Paco trajo hace unos días. Trabajé en desolación, como pude, y nada os dije. Averigüé con humildad lo que era el "cuchu" y me dispongo a viajar a Llanes en donde me esperan con mucho cariño y con unos brazos muy abiertos.
Han pasado muchas cosas (algunas terribles) desde el 17 de julio. La luna en la que me duermo se ha puesto en cuarto creciente y he distanciado botellas de Bell's, de Cutty Sark, de Chivas o de Grant's. Hay unas calabazas enormes en la huerta que se van anaranjando, pero no sé qué hacer con ellas. Mientras tanto, con tanta tecnología, me asiento en estos primeros días de agosto y espero...
Espero que me quiera alguien y doy sentido a esta vida.
A mi vida.
[1] GILBERT CESBRON, “Soltad a Barrabás”, Ediciones Destino, Barcelona, 1961.