martes, 24 de diciembre de 2002

NINDIRÍ-63.-



PLAYA DE ANDRÍN
EL CASTRO
(Original RFT-móvil) 

Asunto:
NINDIRÍ-63....
Fecha:
Tue, 24 Dec 2002 11:41:26 +0100
De:
RFT
Para:

Mi último mensaje, el «62», lo escribí el 20 de enero de este año que acaba, fiesta de San Sebastián. Hoy, sin proponérmelo ante todos vosotros, estoy en San Sebastián, que no es lo mismo, pero me complace, y hace casi un año de mi ausencia y de vuestra lejanía.
Han pasado muchas cosas este año, imágenes que me vienen hoy en esta casa en la que estoy, escorada a barlovento, y que me han acompañado estos días, en el paseo de ayer tarde por las calles de esta ciudad, que me es extraña, como me son ajenas todas las ciudades, al no vivirlas.[1]
No quiero que se vea en estas líneas una despedida, sino un adormecer de los huesos y un canto a la distancia.
Los acontecimientos vividos desde mi anterior contacto desembocan claros y sencillos en este amanecer, y en algo en lo que no creo por pura conveniencia: la esperanza.
Murió la perra Lúa. Algunos ya lo escuchasteis de mis labios. Fue un accidente horrible y estúpido; todos los accidentes suelen serlo. Resulta que nos acomodamos, perdimos todos el trajín del riego y, tratando de extender el agua por todos los rincones de «Nindirí», decidimos disponer de conducciones nuevas y terminales diversos. Hay una gran variedad de difusores de agua. Por eso, ocultando la fealdad de las mangueras, tendimos tomas de goteo en los bancales de la huerta (Paco hizo bancales este año), por el seto rescatado (que ya brota fuerte), inundadores para los frutales y algunos árboles débiles o de climas fríos, aspersores para las aromáticas y en el talud de las hortensias, tomas de agua en las conejeras grandes o distribuidores en los rosales. Mientras los instaladores roturaban el suelo, cortando con cierta tozudez y éxito líneas de agua previamente extendidas y causando ese desconcierto que se abraza a todas las obras, según me contaron y en mi ausencia, brincaba la perra por doquier, se revolcaba en la hierba aún fresca, jugaba a esconder destornilladores y tubos, generando alguna irritación en los dos trabajadores de la contrata. Creo que fue “M” (¿sería “C”?) el que decidió apartar a la perra y la encadenó en su casa. Lúa no consentía los encierros. Solía escaparse por un hueco entre la casita y las mallas de alambre. Al hacerlo, al procurar volver a jugar, se enganchó la cadena en algún saliente de la valla y su propio peso hizo el resto. “M” intentó reanimarla, pero nada podía hacerse. Cuando llegué a las cinco, de vuelta tras las veleidades diarias, me encontré la situación y a “M” desesperado. La enterramos más abajo de las conejeras, en tierra negra y blanda. Días más tarde, Ramonín, mi primo, me visitó. Trajo consigo un plantón de mimosa que pusimos en la tumba. La proximidad de las arizónicas del muro de «Estelí» la ha secado con el tiempo, pero la hierba creció desde entonces y algunas flores.
Sebastián vivió esa muerte con gran angustia; yo ya no sé qué contaros. El sábado siguiente nos acercamos a Brieva y trajimos una cachorra muy blanca. Vino mareada en el coche, babeando, y se acostumbró pronto a «Nindirí». Sebastián decidió llamarla «Luna» y ayer destrozó un saco de cemento, otro de yeso y varios de arena de río. Eran los restos del hormigonado para un poste que, triangularmente situado frente a dos pinos, constituye la base de una plataforma alta en la que estamos construyendo una casita de árbol a la que se trepará por una pequeña escala. Desde allí observaremos y los niños jugarán entre sabores de pirata y sueños de un mar vencido.
Repoblamos nuevamente de conejos: dos machos australianos y una hembra, todos blancos; y Miguelito y Pocci, dos conejos enanos negros, aquél de ojos azules, ésta de proceder dulce y adaptable. Esperamos tres meses antes de vacunarlos y soltarlos en el Paraíso y en el Infierno. La hembra de australianos ha parido tres camadas, unos veintitrés gazapos. Pocci tuvo tres crías, murió una; otra escapó y vivió hasta hace poco, en que la reintegramos, suelta por el jardín, en un hueco junto al muro; la última sigue con todas las crías. No se ha reproducido la pasteurela, pero no acabo de saber los motivos por los que es preciso esperar tres meses para vacunar. Luego, a primeros de agosto, nos dieron a Wenceslao, un conejito pacífico y amable que estuvo a punto de perder un ojo en un enfrentamiento con Miguelito. También me regalaron tres chinchillas: simpáticas, «fuguistas», de piel suave y ojos vivos.
Finalizada la instalación del riego, me atreví a solicitar la construcción de un gran estanque. Ha sido penoso el proceso por causa de la lentitud y el desorden de la gente de “C”, pero hoy parece haber quedado establecido definitivamente, tras el fracaso evidente de la primera bomba que, con gran acierto, hemos sustituido por un elemento de achique, aislado y potente. Nadan allí tres ocas y ocho patos domésticos y nadie ha criado hasta ahora. Las ocas, como seguramente os han dicho, son animales díscolos y provocan constantes alarmas. Nadie se acerca ya a «Nindirí» sin que las ocas inicien su concierto. De anochecida, me siento en las rocas de la fuente y me entretengo desmigajando una barra de pan duro. No he podido contribuir aún a establecer un fondo de plantas acuáticas que, bien por inmersión o enganche profundo, me renueven parte del oxígeno. También querría criar algunos peces, de un cierto tamaño, buscando así un equilibrio en el estanque, aunque los patos son incompatibles con los peces o las plantas.
Reencontrando a Thoreau, volví por las sendas de las hormigas, paseé las mías propias, sin poseer, tratando de encontrar lugares en donde no pisé; tendí un par de hamacas según terminaba la primavera; dibujé zonas olorosas con jazmines, romero o salvia; planté nísperos, el único chirimoyo que no regalé y pequeños manzanos que, como muchos frutales, son perfectamente cultivables en macetas; incluso en espacios pequeños. Mañana debo acomodar un albaricoquero y un melocotonero, recordando los escasos poemas del cuaderno del martín pescador que los niños me regalaron a la vuelta del penúltimo verano. No me esfuerzo en los poemas, ni en su causa, pero lo haré al calor de otros lugares, pues me marcho.
Antes hablaré de otras cosas.
Los gestos de ingratitud han sido al final el consuelo ―si no el remedio― para poder separarme brevemente de esta forma de vida, que me era vivida sin yo aceptarlo, aunque me pesa mi falta de lealtad hacia vosotros, en la amistad y en la ausencia de contactos. Mi vida distante no ha procurado que os sea del todo fiel y me arrepiento de no haber correspondido a mensajes vuestros; de no ser todo lo próximo que hubiera sido necesario.
No pido que comprendáis esa distancia, sino que la aceptéis prendida en mí y, si os alcanza, que no os lleve a creer en mi desidia.
Cuenta Sebastián que, en una visita a casa de una amiga de Tania, pudo conocer de primera mano cómo, tras el enfado entre los cónyuges (los padres de esa amiga), el marido decidió abandonar el domicilio. Previamente se llevó consigo todos los elementos de un cuarto de baño, incluido el retrete, pues Sebastián constató el agujero en el suelo. Sufrió, no obstante, por la desaparición de una salita de cine en la que, pulsando hábiles botones, aparecían butacas y bajaba una pequeña pantalla. Los procesos de separación arrastran consigo, incluso, los elementos más variopintos, a los que hoy no escapan los inodoros, los cuartos de baño, en un desenfrenado espíritu posesivo.
He tomado la decisión de viajar durante un par de años. Son decisiones que, para ser honradas, responden a los hábitos del corazón, a la búsqueda de la coherencia, a seguir la verdad. Siempre he sido bien querido; siento no haber querido igual o no haber correspondido en el acierto, pero en ese amor  emocionante, en el que me lanzo, en el que me dejo abrazar y abrazo, siento que ha de continuar mi vida.
Tendréis noticias mías pronto y, si en ello me organizo, podremos vernos. Mi casa, «Nindirí», queda para vuestro disfrute, para los que necesitéis vivirla, y así dispondré en lo necesario.   
Ahora, con toda la presencia de hoy, os hago partícipes de mi alegría, de mi paz y, en tal deseo, os envío un fuerte abrazo.
P.S.: No hagáis caso de mis torceduras al escribir; no es más que la inclinación que me proporciona esta casa y, en su balanceo, quiebro cosas, pero no abandono.


"Je ne regrette rien, j'avance" (Éluard)


[1] Aunque sé que hoy ―15 de enero de 2010― Barcelona vive en mí para siempre.

domingo, 20 de enero de 2002

NINDIRÍ-62.-




«Sebastián»
(Original RFT)

Asunto:
NINDIRÍ-62
Fecha:
Sun, 20 Jan 2002 22:51:42 +0100
De:
RFT
Para:

Vargas, Llosa, ha, escrito, en, "El País", su, personal, encuentro, en, las, Islas, Marquesas, con, el, ambiente, y, la vida, de Gauguin.
Agotamiento de comas.
Los que hemos desembarcado en Las Marquesas con Conrad, los que hemos bajado al agua y buceado hasta la playa con Stevenson, sentimos que las cosas ya no son así.
Bucear en un arrecife a las siete y cuarto de la mañana, después de una noche de lágrimas, es querer tener miedo a alguna sombra, es querer ver peces malva transparentes, la sal doblada del mar y de esas lágrimas. Había que recorrer una distancia enorme para poder acceder a la serenidad que esos momentos supone, malas aletas, peores gafas, corazón en apnea, sol crujiente.

Hoy debo regalaros la palabra «BIZCOCHO». Sé que no es mucho, algo blando, bizcotela de cuando yo no era así, mostachones de Utrera, piel de naranja. Pero es casi todo lo que me queda y me queda Gauguin, sin llagas en las piernas.
Prescindiendo de la respiración, momento íntimo, lo que así somos queda unido a nuestro momento y si bajamos más aún, cuando el pulmón aguanta, no podemos compartirlo, porque en nada dependemos de nuestro desplazamiento empolvado y embarrado, como en nada nos amarramos al volver a la playa.

Hoy es San Sebastián y los asturianos celebramos el santo de lo que nos suaviza, del agua que nos cubre.
Mi razón de Gauguin estaba en el «Jeu de Pomme».
Ya no hay «Jeu de Pomme» desde hace años; tampoco hay transparencias en el mar de Torre del Mar y sigue siendo difícil acceder a bucear en la primera plataforma rocosa de Benidorm, pues pesa mucho el equipo y cuesta llegar allí. Pero hay recuerdos de sal, como hay Altea, recuerdos de Altea...
Todos los días, a las tres y cuarto, el ujier de la segunda planta del «Jeu de Pomme» daba la vuelta a mi cuadro. Capricho de Gauguin, ternezas derretidas de Marquesas, como el azúcar glaseado de mis bizcotelas. Allí, en esa planta de arriba, había un cartón con las chicas del colegio enredadas en sus túnicas y sus flores de hibiscus, damajagua, Uncas de ser.

A las tres y cuarto, abrían la urna y le daban la vuelta al cuadro. Era un cuadro de mañana y un cuadro de tarde, pero había que pillar la hora del volteo.
Ya hay conejos vivaces. Hemos empezado con dos hembras y un macho blanco.
Hay ojos de conejo.
Me han contado ―ya se ha demostrado científicamente según constatan―, que los problemas de próstata se arreglan haciendo pis sentado. Es una revolución femenina hastiada de tener que sentarse en algo sucio, por no levantar la tapa; las dos tapas. Cuentan que hay que sentarse a hacer pis y así no se padece, ya que padecer es algo oscuro y extraño; algo de lo que nos queda.
Como en «El Principito», no hay que tener en cuenta a quien lo cuenta; ni siquiera es preciso afear que haya quienes prefieren dormitar entre coníferas, disfrazados de caracol.
Son cosas del domesticar; cosas de zorro. No todo el mundo entiende de zorros que trepan por encinas, ni todo el mundo tiene la ternura de maestrar domesticando zorros. Pero todo el mundo tiene forma en sus ojos, incluso con el pelo ensortijado.
Sólo son bizcochos borrachos de moscatel y huevos moles.

No tengáis miedo de vuestra guaca.
Gauguin no es lo que era. Gauguin son los trazos acartonados, pelirrojos o negros, que se han depositado en nuestra mirada.
Somos lo que nos dejan amar...
Pero no siempre podemos ser amados.

domingo, 13 de enero de 2002

NINDIRÍ-61.-



LA DEHESA
(Original SML)


Asunto:
NINDIRÍ-61
Fecha:
Sun, 13 Jan 2002 02:08:52 +0100
De:
RFT
Para:

Y así, como todos los años, antes de verter buen mantillo y nuestro compost, antes de nivelar el terreno de la huerta y de herirlo removiendo su pasado, antes de elegir las nuevas hileras, las legumbres compatibles, la rotación y el modo de roturar lo que hemos decidido invadir, acondicionamos un poco el pequeño bancal profundo próximo al invernadero que Paco acabó de tender hoy. Plantamos los ajos y algunos brotes aún muy tímidos de cebollas, que no podíamos mantener en el interior por su tamaño y que quedan a expensas de las heladas de estos días. Esponjamos la tierra, la abonamos en los huecos profundos hechos con la pequeña laya y la cubrimos a la altura suficiente que nos permitía el suelo, como si hubiéramos de sembrar zanahorias. Arranqué previamente los troncos ya secos de las plantas de berenjena y luego pudimos señalar el marco que rodeamos con timidez de una pequeña protección de alambre trenzado. En todo ese tiempo nos acompañó una gentil gallina pendiente de los gusanos desenterrados y un cierto calor interpuesto entre el rocío aún persistente.

Aún más temprano, a la espera de que la tierra cariñosa se aireara, nos acercamos ―siempre Paco y yo― a Bustarviejo, en busca de plásticos, ensaimadas, pan de semillas y un café cargado con nuestras propias vidas.

El diario "El País" cuenta, en pasada edición del viernes 11, que un alto cargo de la CNMV quedaba bajo sospecha por dirigirse epistolarmente a un imputado famoso usando el término «estimado», a la vez que señalaba que tal sospecha pudiera confirmarse porque además se despedía frecuentemente del mismo con «abrazos». Dada tal tendencia a especular, yo debo andar rozando algún tipo de conducta culposa (si no dolosa), porque tengo la costumbre de enviar mis cartas con el término «querido/a» y asimismo me despido entre «abrazos». El término «estimado» se me hace difícil. La introducción mediante la palabra «señor», me sugiere distancia. Otras formas o locuciones me confunden; por eso busco en el «querido» transmitir eso: querer. Ahora bien, si esta tozuda tendencia mía pudiera ponerme en el «brete» (del malabar «betle»: "...pasta hecha con ciertas hojas que tienen sabor de clavo, y otros ingredientes, que los naturales de la India mastican y tragan después de haber arrojado el primer jugo extraído..." Doña María Moliner) de ser considerado sospechoso de alguna familiaridad, tendría que modificar toda mi vida ante la imposibilidad de ser coherente con los pocos principios que me asisten, reconociendo así la preeminencia del no siempre buen razonar de Ángela Vallvey.

En ese transcurrir fluvial de "El hilo azul" de Gustavo Martín Garzo, siempre bajo la mirada limpia de los niños, sin temor o sospecha, descubro que Juan Goytisolo ha publicado, bajo la protección de la Junta de Andalucía, un fornido ensayo prologado por José Ángel Valente sobre el pueblo de La Chanca, en la Almería que algunos conocemos. Se trata del pueblo, no de los aledaños. De igual modo, la tierra que hoy cavamos, horadamos, salpicamos de semillas, se trata realmente de nosotros, de todos nosotros, pues el amor carece de aledaños, como la mirada carece de esquinas.

 
  



domingo, 23 de diciembre de 2001

NINDIRÍ-60.-


SEBASTIÁN
(Original de RFT) 


-------- Mensaje original --------
Asunto:
NINDIRÍ-60
Fecha:
Sun, 23 Dec 2001 19:02:18 +0100
De:
RFT
Para:

Puede acostarse tranquilo el sol (aquí hoy puede hacerlo) ya que hemos terminado todo. Mullida la hierba por las últimas manchas de nieve, hay brillos color turquesa que rompen el gris de estas nubes que, al menos aquí, han protegido esta casa en este día. En cambio los caminos han quedado desamparados, pues nada habrá de mostrarlos al caer la helada de esta noche. Mañana crujirán desnudos, clavarán reflejos y destellos violáceos, seguirán tranquilos, sin llegar a ninguna parte.
Cuentan que los limoneros padecen de tristeza con este frío, lo dicen así los expertos que, sin embargo, los anegan, los riegan a manta. Esa tristeza, tan humana, se reproduce mucho más en estos días y, pese a un riego tranquilo con agua templada, los enmudece. Porque los limoneros sí hablan, hablan del azahar de un pasado y del amarillo de un presente.
Hay un camino que ya no tomo. Arranca de la zona del taller donde dormita mi coche negro, perdido en trámites, y se extiende al Oeste de las últimas casas del pueblo, bajo el abrevadero y el pequeño túnel. Transcurre cuesta abajo flanqueado de laderas tranquilas, hacia Navalafuente y, en su anchura, acepta las manos tendidas y permite recolectar pequeñas semillas. Nunca hice ese camino con quien hubiera querido hacerlo y quedará para mí desconocido como un homenaje a ese desencuentro.

En la vida, en todas las vidas, hay caminos que no recorremos, pero de cuya existencia ciertamente sabemos. Son como reservas que nos hemos impuesto, por si algún día nos merecemos otra cosa. Los libros de Naipaul son también ese camino sobre el que imaginamos, pero no asentimos, porque no conocemos, porque no podemos o no queremos recorrerlo si no es con la mano elegida.
Como esos caminos de vida, el mío, el que ya no tomo, transcurre suavemente hacia Poniente, de modo que, al desandarlo, me calienten el sol y el polvo de las piedras que, no sin rabia, lanzamos con la fuerza necesaria, con la misma fuerza con la que pretendemos perpetuarnos en las ondas de un estanque o en el mar.
Como
«...sé que te perdí...»
(Maná)
pero
«...siento que te tengo dentro..."
(RFT)
es momento de recordar esto:
«PERO LA NAVIDAD NO ES SÓLO EL HITO que marca el final de un año y que nos mueve a recapacitar sobre nosotros mismos; también es una época que, en todos sus aspectos, tanto domésticos como religiosos, nos sugiere ideas alegres. Un hombre insatisfecho con su comportamiento es un hombre propenso a la tristeza. Y, en medio del invierno, cuando su vida pasa por los peores momentos y las sillas vacías le traen el recuerdo de los seres que ama, no estaría de más que se le forzara a adoptar la costumbre de sonreír. Las nobles decepciones, las nobles abnegaciones no deben ser admiradas, ni aun siquiera disculpadas, si proporcionan amargura. Una cosa es entrar lisiado en el reino de los cielos; otra, mutilarse uno mismo y quedarse sin entrar. Y el reino de los cielos es el de las gentes pueriles, el de quienes están dispuestos a agradar, el de quienes saben amar y procurar satisfacción a los demás. Hay hombres poderosos por su influencia, luchadores, constructores y jueces, que, pese a haber vivido mucho y trabajado de firme, han sabido conservar esa admirable cualidad; si nosotros la hubiéramos perdido por causa de nuestros intereses rastreros y nuestras mezquinas ambiciones, nos sentiríamos perpetuamente avergonzados. La cordialidad y la alegría deben preceder a cualquier norma ética: son obligaciones incondicionales. Y es lamentable que hombres honrados carezcan de una y de otra. Fue precisamente con un hombre de rígida moralidad, el fariseo del Evangelio, con quien Cristo no quiso ser emparejado. Si tus ideas morales te hacen ser adusto, ten por seguro que son erróneas. No digo: "Renuncia a ellas", porque pueden ser todo lo que tengas; pero ocúltalas como si fueran un vicio, no sea que dañen las vidas de gentes mejores y sencillas...»
(R. L. STEVENSON, "Sermón de Navidad")
Para mí esta vida transcurre descolocada. Es conforme a lo que me rodea, que es afortunadamente algo más de lo que tengo, pero no es conforme a lo que anhela. Pero eso no obsta a que haya de transcurrir conforme, tranquila, emocionada, porque la carencia del ser que se ama la suple la necesidad de respirar estrellas, y la ausencia de la mano en el camino, la complementa sentir aquello que ahora expreso.
Bien por algún olvido, bien por la fuerza de algo oculto, la puerta de mi cobertizo permanecía abierta hoy al amanecer. Estaba abierta para que yo diera salida a un petirrojo que allí se había instalado. Por eso quedará abierta. No os extrañe.
Que el viento os sea favorable y tengáis luz en estos días.


 




jueves, 29 de noviembre de 2001

NINDIRÍ-59.-


SAN MARTÍN

Asunto:
NINDIRI-59
Fecha:
Thu, 29 Nov 2001 02:11:52 +0100
De:
RFT
Para:
CC:

«Hay una luna alta en creciente, una luna inalcanzable.
Hay muchas reflexiones que la acompañan, la aterciopelan.
Vamos con todas, vamos de la mano.
Como ya habéis oído, mis cosas cambiaron.
No cambié yo; cambiaron las cosas.
El viento me barrió para adentro las flores de buganvilla; incluso hoy encontré gusanos entre documentos y me vinieron montañas.
Estamos todos absortos por si hemos de pronunciarnos en favor o en contra.
Venteamos la intimidad de los demás y la arrojamos al pie de la única baldosa que tenemos por asidero.»
Cuando yo os escribí esto, tenía esa luna.
Hoy hay otra.
Han pasado varias lunas.
Hay otra en creciente...
Debe ser la luna del fin del Ramadán.
Me habla la dulce vanidad de encontraros por la calle, de veros, hablaros, cuando me recordáis que ya no os escribo, que parece que echáis en falta estos mis desórdenes. Pero las cosas son como pueden ser, sin más empuje que el aliento que cada uno les damos y yo, como todos, necesito verme en esta necesidad para poder acordar lo que me acaricie, que es lo que entre muchas sombras llamamos «tener ganas», un responder, un quejido, una rendija que me aleje del vivir y me acerque a este presente. Es esa terquedad en no anotar los pequeños despertares, en no desear buscar secuencias, lo que me ocurre; pautas entre lo que sucede y lo que se vive, que nunca suelen estar en el ser.
De un tiempo a esta parte rompí cajones de esperanzas, esperanzas de ojos, y al no encontrar mi tiempo, mi época, lo que es para mí este momento vino llenándose de acciones, no de reflexiones, y así quedé en silencio que hoy me despierta, me «des-gana».

Vivían aquí (ya lo obtuvisteis) más de cuarenta conejos. Hace un par de horas quedaba uno. No acarreo ya la cesta de madera de las flores pasadas, cubierta de pienso y trufada de panes. No bajo a las zonas abiertas; las desinfecté hace días; no queda nadie. A los últimos más pequeños los vacuné el sábado pasado, ya inútilmente. A indicación de Sebastián continué hasta esta noche cargando la jeringuilla de agua con sulfamidas que hacía ingerir a los supervivientes por turnos y horas, pero no hay fruto. Establecí guardias, controles, dosis; observé y leí mucho. Me encontré preguntándome, como siempre, qué hay de mi vida perpetua, qué de mi preocupación natural, qué de mi necesidad en convenir cualquier observación natural con un ritmo frenético y obsesivo, cómo hablar de topos, serpientes o conejos sin perder esa visión de lo que parece ser importante (y no lo es, nunca lo es), sin dejarme invadir por lo cotidiano en sus obligaciones.
Cuando amanece (llevo así un mes), bajo y recojo los cuerpos rígidos: dos, cuatro, según el día. El pequeño que queda puede que no amanezca, como yo espero hacerlo.
Y así. he leído:
«Más por intuición que por un claro razonamiento, esperaba que sufriera una crisis alrededor de las tres de la madrugada, durante la guardia de primer cuartillo, cuando generalmente moría mucha gente, o al alba...»
(P. O'Brian,
"Un mar oscuro como el oporto"
Ed. Edhasa, pág.181)
Tomando pues, como buena referencia, que es antinatural medir los días desde las doce la noche, pues han de medirse, en toda su distancia, desde las doce del mediodía, entre quehaceres y padeceres asomo mi cuerpo frío a las conejeras en ese primer cuartillo, taza de mi café en ristre, agarro un par de guantes, mido la dosis de mis sulfamidas y ofrezco el agua a estos pobres seres ya medio ciegos, en desear alguna señal, que ha debido partir con esos cajones ya rotos.
Hace ya algún tiempo cambié el pienso de Lúa; había varios kilos y más de siete mil pesetas de diferencia, no estando el mundo para estos cuidados.
¿Qué ha de incidir esta pasteurelosis en mi modo de vivir, en lo que llaman mi trabajar?
Esparzo mi vista por el terreno (palabra que fascina a Sebastián) que alumbra la luna y regreso a romper lo que de mí haya quedado en soledad, que estos días va de más y desbordada entre notas de Naipaul.
No endulzo mi vida ni las vuestras, pero respiro y embadurno mis manos en los setos de coníferas.



sábado, 7 de julio de 2001

NINDIRÍ 58.-


GRANADA



Asunto:
NINDIRÍ-58
Fecha:
Sat, 07 Jul 2001 12:26:35 +0200
De:
RFT
Para:
Mientras doy tiempo a la olla para que coja presión, venteando unas fabes que asoman bien con este tiempo fresco, debo reconoceros que cada vez asumo más que el vivir es soñar, pensar cosas imposibles. Cuando dejamos de soñar cosas imposibles, morimos, sea cual sea la forma en que serpenteemos por la vida.
Hace una semana decidí agrupar en el «Infierno» a todos los conejos que estaban apartados en las parideras de arriba. Bajé una pareja (macho gris, hembra blanca) junto a cuatro crías ya destetadas e incorporé también a la vieja coneja gris y al conejo negro, al que Sebastián llamaba Cristina, tras la cuarentena habida por causa de la sarna. Nada más soltarlos, se inició el proceso de dominancia. El conejo gris, dominante en el «Infierno» atacó con saña a los dos machos nuevos, sobre todo al negro. Una coneja marrón, manchada de resina, atacó todo lo que pudo, incluso a las crías. Seguramente, si los hubiera soltado en el «Paraíso» la situación hubiera sido diferente, pero al haber allí más crías supuse que corrían más peligro con estos requiebros y ajetreos. Decidí entonces aislar al macho dominante en el pequeño recinto que cerramos en el «Paraíso» para mantener las crías más pequeñas, espacio que resultó inútil a este menester pues los pequeños se escapaban por los huecos de la malla. El “clamor popular" bramó enseguida pues se me indicaba que no podía oponerme al "curso de la naturaleza", al sadismo descubierto por Wallace y puesto de manifiesto por Charles Darwin.
Se ve que poco hemos leído a Lorenz y que, ante las agresiones, habiendo sitio, yo prefiero incidir, siquiera superficialmente, en la selección natural, antes de recoger cadáveres, porque los seres humanos, ante la información, ante las teorías, solemos practicar un cierto absentismo, una dejación, un proceder hasta cierto punto infame. Véase, a modo de ejemplo, el artículo de Eigen (Nobel en 1967) sobre los priones y la EEB en el último número de «Investigación y Ciencia» que de tener la publicidad que los periodistas otorgan en sus medios a la enfermedad o al aceite de orujo, ya habría provocado el sacrificio de todas las vacas y ovejas del mundo. Y es que descubierta y debidamente presentada la teoría, cuando no se acompaña de la estúpida legislación pertinente (los fabricantes de aceite de orujo dicen que cumplen las normas, como si los Pirineos supieran que son frontera de algo o como si una norma sirviera para evitar el envenenamiento), nos lo creemos todo. Al cabo de los años, algún medio nos cuenta que los haces de microondas no son tan sanos o los teléfonos móviles y es cuando decidimos tratar las úlceras con amoxicilina. Y ya que estamos de paso por el artículo bovino, daos un paseo por otro para saber en qué lugar queda hoy el test de Rorschach, que ni es fiable, ni dice al final nada, cuando llevamos años diagnosticando a todo tren bajo su influencia. Así, dotamos de trascendencia a lo que no la tiene, a lo que no resiste el paso del tiempo, como llevamos siglos experimentando cruelmente con los esquizofrénicos y podemos encontrarnos con que todo es un virus. Y todo procede del uso de la información. Los políticos trasladan la información con cuentagotas. La información es dinero y poder, los medios viven de ese poder que comparten, arrastrando consigo al poder de la publicidad. El yogur no es yogur, ni el Bio es Bio.
Así nos va.
Pasados tres o cuatro días, ante la pena y tal "clamor popular" -que es algo que Darwin no consideró en el tratamiento del medio-, reintegré al conejo gris aislado, el dominante, al «Infierno» y subí con la conciencia lacerada a ver los resultados de respetar el "clamor popular". Al sentarme ante vosotros aquí arriba ya escuché los primeros gritos, y aunque bajé a inspeccionar, nada pude ver por la falta de iluminación. Los infiernos siempre están mal iluminados, como los taxistas no paran de hablar aunque estén solos, según dice Umbral que presume de conocerlos bien.
Al amanecer, bajé aguisado, rodeado de sueños, entre legañas y botas sin calcetín:

1.-) La coneja marrón estaba muerta en la casita improvisada que habíamos instalado. Siempre me recibía con bufidos al visitar a sus crías.
2.-) El conejo negro (Cristina) se arrastraba con una herida mortal en el espinazo; vivió hasta hoy por mi recelo que conocéis ante la eutanasia.
3.-) El conejo gris, pareja de la blanca, amaneció también muerto hoy en el cubo negro de la esquina del canalón de agua.
Y así podría haber seguido el recuento gracias a la "selección natural" que, de haber yo mantenido al agresor aislado, no tendría tal aspecto.

Hay quien se sorprende de que desmonte las mallas de la pista de tenis y construya recintos, conejeras. Pero no podemos hacernos la ilusión de lo que llamamos "curso de la naturaleza".
¿Qué naturaleza tiene intentar sacar aceite de los despojos de la aceituna, los mismos orujos que se usan para el pienso de los conejos, pese a que se estile en la elite de la restauración que ese aceite es bueno para las vinagretas y salsas, al no poseer el fuerte y ácido aroma y sabor del auténtico?
¿Y qué sentido tiene creer que en un enmallado de treinta metros cuadrados debemos apaciguar la conciencia viendo cómo se cumple lo que Darwin teoriza y quedándonos inertes o inermes -que cada palabra es una cosa- ante la violencia?
¿Por qué ha de ser verdad la teoría y por qué esa manía en explicar a posteriori los acontecimientos históricos?

¿Y por qué hemos de creernos el funcionamiento de la estructura proteínica definida por Prusiner, cuando no sabemos detectar sus priones en ese cacho de ternera que compramos el jueves?
¿Entiende la ternera de años o de meses?
Amemos lo imposible, soñemos con ello.

martes, 26 de junio de 2001

NINDIRÍ-57.-



«CARME»
(Original de RFT)

Asunto:
NINDIRI-57.-
Fecha:
Tue, 26 Jun 2001 02:00:01 +0200
De:
RFT
Para:


Entonces, fue entonces cuando los días se convirtieron en horas largas, minutos enormes, segundos tremendamente intensos; todos juntos, todos arracimados se abrasaban, se consumían lentamente, muy lentamente. 
No se paró el tiempo, no lo hizo: se desenvolvía horriblemente despacio y se perdía, se perdía el tiempo, me perdía yo.
Irrumpió la dicotomía del mundo y el monasterio. Siguiendo su sentido, se dividió en dos nuevas mitades de sí misma y continuó dividiéndose en trozos que goteaban tiempo.
Luego, se aceptó a sí misma, tan partida, tan rota. 
Luz roja, luz verde, luz roja, deprisa.
Amar, ser amado; no poder amar, no poder ser amado.
"Hay que ver mujer lo que dura el amor y lo corto que es el olvido", rezaba hoy entre claveles bajando una escalera tórrida y naranja.
Me han dicho ya de todo.
Me han dicho que soy infiel por naturaleza y además, que los hombres somos más fieles al compromiso que al sentimiento, lo cual tiene miga.
Me han llamado machista, una suerte de "Alice in  chains", un desencuentro.
Entre espasmo y pasmo, se acabó el agua del pozo; no bombea, no nutre y aparecen cuatro o cinco conejos nuevos cada día.
«Que recorten sus faldas las funcionarias...»
«Que nos baile la vida una tarantela...»

Aun así,
ni escojo
ni permanezco
ni tengo
y ya ni soy.

Anoté y grité al viento que ondula mis ventanas y me acaricia en esta noche:
«Por los besos que aún nos quedan en la boca
por los miles de homenajes que nos dimos
por nadar y no guardar nunca la ropa
por los dedos juguetones del destino
porque fuimos lo que fuimos
porque fuimos lo que fuimos…»
(MALDEAMORES)

Y tuve eco; vino el perfume de la luna:
«¿Te encontraré Mago?
¿Alguna vez volveré a llorar
 con la cara escondida entre las rodillas?
¿Volveré a dejarte solo

la última noche del año,
saliendo detrás del portazo

con mis libros,
o viajaremos cómplices

en el secreto,
animándonos y odiándonos,
sentados en una terraza
bajo los fuegos artificiales?
¿Te veré acaso cuando otra vez

regrese de alguna parte,
llorando el amor mojado

de la desesperación,
contándote que yo pensaba
ser Sherezade de tus noches
para que nunca me cortaras la cabeza?
Te encontraré, Mago, en un día sin citas,
sin premeditación,
con esta misma nostalgia
prendida en la punta de los dedos,
doliéndome las ganas
de romper el hechizo que nos hicimos,
el tiempo que deconstruimos
-no vernos para sabernos lejos-
mientras el ojo que no engaña
te refleja en  las vidrieras,
en los charcos, las bujías, el cansancio,
en las noches que paso

con tu fantasma a cuestas,
ese que me ama...
…para siempre Mago,
para siempre
"EVOCACION A LA MAGIA"
(Gioconda Belli)

Me encontrarás:
Ya me encontraste.

La vida se vive a sí misma,
nos guste o no.
La esperanza le pertenece a la vida,
es la misma vida defendiéndose.
.............

Se olvida que para llegar al cielo
se necesitan una piedrita
y la punta de un zapato
"RAYUELA"
(Julio Cortázar)
 
Y así fue... 


sábado, 9 de junio de 2001

NINDIRÍ-56.-



Asunto:
NINDIRI-56
Fecha:
Sat, 09 Jun 2001 02:58:09 +0200
De:
RFT
Para:

Como hube de viajar al Norte debo deciros que el mar, a la altura de la desembocadura de la ría de Tina Mayor, se disfrazó de color turquesa. La araucaria de Buelna ―verde intenso de agua profunda― jugaba cubierta de hiedra fresca. Los patatales previos a Cervatos estaban yermos o con las plantas muy pequeñas. Y el sonido del Saja susurraba entre los tojos y el espino blanco que alumbran a mi hijo pequeño.
Se me murió mi tío César, el del «sí».

Se mudó, se fue a otro sitio.
Con él hablaremos ahora de otra forma, como me dijo Héctor en el bar del aeropuerto de Ranón, vía Madrid, vía Jerez-El Puerto, vía a mi padre también muerto:
―Ahora ―dijo Héctor ―hablarás con él de otra forma...
Y no encuentro la forma; será que no la trabajo bien, pero no la encuentro.
Hablaré, pues, con tío César de otra forma y me dirá cómo hablar con mi padre, desde el silencio. Caminando despacio, desde Purón, me adentraré por el valle de Viango y algún castaño me dirá algo.
Caminaré con tío César, pues le tengo como más sencillo de pasear a mi lado y me indicará los símbolos, la senda, la forma de reencontrar a mi padre. Y me servirá, seguro; tío César nunca me haría eso, nunca fallaría a nadie, no me dejaría a medio camino; me contaría algún chiste, algún recuerdo humilde y me sonreiría.
Dicen que Coté y mi tía Josefina ya le vieron el otro día por Mañanga, a buen paso, sin el «Ferrari», con el periódico bajo el brazo y la tez morena, con la sonrisa, la sonrisa que a los niños se ofrecía en otra forma, cuando les enseñaba con sus manos, en sus manos, cómo se partía un dedo en dos.
Me volví pronto para evitar que la sal me retuviera, aunque visité el «Valle Oscuru», pisé su hierba (yerba-djerba) y olí los castaños, pero no es «Oscuru», sino abierto y tenue, como Manolita, la de encima de la bolera, en el barrio de «La Mata».
A mi regreso ―el regreso es tan triste como la ida y el limonero es más alegre que la higuera― atravesé Nindirí con sus cosas y me bajé al cumpleaños anticipado de Sebastián. Un pequeño obstinado se me agarró a las piernas, se me abrazó al cuello, provocándome un hálito de paternidad. No sé si lo habréis observado con la ternura necesaria, pero la pequeñez siempre es obstinada y la obstinación, como la perseverancia, conducen al sosiego, a dar por cumplido, por cerrado, por descansado, todo un ciclo, toda una vida.
Hace algunos años, bastantes ―algunos ya me lo habréis oído contar, susurrar, porque las palabras han de adobarse, como «escalofrío», que los ingleses dicen «chill», como el milano de Kipling, aunque «escalofrío» es más penetrante y a la vez, más eléctrico―; decía..., hace muchos años, bastantes, un empleado de las Bodegas Domecq fue despedido. Acudió ―el hombre― a la Magistratura de Trabajo, que entonces no era lo que es hoy (y algunos ya me entienden), pero no estimaron su pretensión, probablemente, porque trabajar en una bodega y gozar de dipsomanía crónica no resulta muy compatible, al menos para la bodega (si no para el hígado). El hombre, nuestro hombre, instaló una tienda de campaña frente a la bodega (como lo de Sintel, pero en individual) y allí pasaba los días, sin pancarta, pues, en esos años de Dios, poner tal adminículo implicaba pasar por comisaría en forma rauda. Al no conseguir su objetivo, el hombre se desesperaba día y noche en su tienda.
Una buena mañana (que las hay), Monseñor Cirarda, Obispo de Jerez y del entorno, agarró el teléfono ―que habría de ser una de esas cosas negras que había antes, como antes había café― y llamó muy preocupado al Presidente de la bodega, entre angustias, zozobras y tensiones. Al parecer, el hombre, nuestro hombre, el despedido, amenazaba con hacerse protestante y tal cuestión no cabía en aquella diócesis.
Entonces lo readmitieron.
Obstinación, perseverancia: eso es ser pequeño.
Quizá esa sea la forma, la forma de hablar. 
Tío César siempre fue pequeño, como muy grande, un gran hombre, pero pequeño; aunque no era obstinado, sí era perseverante, como un niño. Como ese niño que acompaña al padre del padre de Sebastián.
Olvidé contaros que hay amapolas en los bordes del camino.


domingo, 13 de mayo de 2001

NINDIRÍ-55.-



BANCO
(Original de RFT)


Asunto:
NINDIRÍ-55
Fecha:
Sun, 13 May 2001 22:31:35 +0200
De:
RFT
Para:

Bajé a El Molar.
Bajé, por no subir, a buscar verduras y fruta; también a por el pedal de la bici de Sebito, pero la tienda estaba cerrada.
Una boda ocupaba medio pueblo.
También murió la mujer de Antonio, el camionero, y la enterraban ―al parecer― esta tarde a las cuatro, según oí mientras esperaba turno, vez, momento, para comprar la fruta.
Me agobian los puestos donde me insisten largo rato para saber qué quiero, como me agobia empezar a contar las monedas que llevo en el bolsillo.
Unas veces uno sube y otras prefiere bajar, dejarse ir, callejear sin saber, comprar pastel de manzana. Yo iba a tomar un café; hoy no hice café y me apetecía; café y un vaso de agua para apurar la sequedad que da el tabaco no desayunado.
Me enteré de lo de la mujer, la mujer de Antonio, el camionero, como me enteré de otra conversación curiosa: que si era; que si no era; que si yo me entero de quién ha sido; que si yo lo veo. Faltaban claveles y rosas de un balcón; alguien los había cortado para ofrecerlos a otro alguien. No como les pasa a mis rosas, que se abren cada vez más, estallan sin que nadie las recoja, sin que nadie las arranque furtivamente, sin poder ponerlas en alguna mano, sin poder ofrecerlas.
Y el libro, el libro se llamaba "Mujeres sin pareja" de George Gissing, soledad de mujeres, desnudez y amor no ofrecido de mujeres, como mis rosas, amor sin manos, sin miradas.
Hay el placer de comprar los libros, tocarlos, casi acariciarlos, rechazarlos o aceptarlos. Hay el placer de leer libros, compartirlos, seducirlos, esconderlos en los sueños, soñarlos, cada vez en una mayor incomunicación, con el silencio que dan en un monólogo, como el olor que desprenden.
Dice Lourdes: "Cada día nos cuesta más, por lo menos a mí, conectar con la gente que tienes a tu lado y a la que no conoces de nada, en el metro, en el cine, en El Retiro. Nos ubicamos en compartimentos estancos en los que no queremos que entre nadie y nos comunicamos solo con los que nos conocen y a los que no tenemos miedo."
Es el precio de la libertad, el que ofrecen las ciudades, cuanto más masificadas, más destructivas y solitarias. Hablamos de miedo.

El precio de mi libertad es la ausencia de miedos, los apuros, la carencia de horario, la soledad que no dan las ciudades, el vacío casi estrellado que ofrece el rocío de mañana; que no te aprieten, que no te encuentren, que no te besen mientras ardes, que no acaricien tu espalda, que no te amen.
Después, después de mi deambular por fruterías y tahonas, subí, regué, planté más cebollas, pepinos, acelgas, hinojo, calabacines, habas, judías, en el lugar que no brotaron las tempranas, y reservé mis tomateras para una semana más propicia.
He visto a Picasso, las series, las incansables series de Manet, de Delacroix, de Poussin. Me acompañó la mirada, una mirada suave y dulce, distante de mí, la mirada que yo miraba de reojo, entre cuadro y cuadro. Luego se fue, la mirada se fue y quedó atada a mí en un único recuerdo, mirada que pierdo cada día. La mirada del nacimiento de Venus, la mirada de miel de Sandro Boticelli, acunada en mi espalda.
Tan sólo tengo derecho a la mirada que paseó conmigo, de sala en sala, de alma en alma, mirada profunda, azul, mirada de mar.