viernes, 19 de mayo de 2000

NINDIRÍ-2

Roncesvalles

(Bocadillos de chistorra en el hotel Ayestarán de Lekumberri)


NINDIRÍ-2

(19.05.2000)


Me ha comentado Paco que el árbol en el que situó uno de los focos del jardín, más allá del granado, junto a los cultivos de hierbas plagados de cilantro y anís, no es una morera. Si así fuera ―sostiene Paco― sus hojas se habrían helado en marzo, como las de esas cuatro, que más parecen sauces llorones y están brotando de nuevo. Paco dice que es un tilo y yo, que anduve bajo tilos por Beteta (“J” lo sabe), no me atrevo a tanto sin ver el desarrollo de las hojas.

Así estaba, cuando pensé llevarme un par de hojas y compararlas con los libros de Noel Clarasó que compré en la feria del libro antiguo hace un año (¡¡y a precio de oro!!), junto a esos trabajos tempranos de Trotsky que recuerdan alguna frescura de su proceder posterior. Luego, pensando en no matar a alguien, agarré los libros y me acerqué al árbol. Pasé un buen rato allí descifrando mi infortunio y se me hizo la hora de merendar. Por suerte, aún me quedaba pan de hacía dos días y me preparé un bocadillo de chistorra con la que me manché los pantalones verdes de Nicaragua y las hojas de unos apuntes sobre la abubilla que no había guardado cuidadosamente en su sitio, junto a los dibujos a lápiz acuarelable. También me quemé la frente, pues olvidé el sombrero, aunque no descifré, por mi torpeza, la naturaleza del árbol.
Después, ya atardecido, con la perra brincando por las migajas, ofreciéndome palos, piedras y piñas, según su costumbre de jugar, me fui a observar los nuevos nidos de golondrina. Paco había descubierto uno en el garaje que me tenía intrigado y yo llevaba varias noches sobresaltado por la sirena de alarma, cuando se activaba sin motivo alguno. Efectivamente, una pareja de golondrinas había empezado a anidar en el garaje y esa era la causa de los sobresaltos nocturnos que me obligaban al desvelo, a armarme de linterna y tijeras para buscar gusanos en los bancales. Unos días más tarde, Paco me reconoció, algo aturullado, que había echado a las golondrinas del garaje y que casi mata a una en el intento; rompió el nido y se terminaron las alarmas nocturnas y los paseos biológicos. Esto me causó tristeza y al día siguiente no desayuné ni el trozo de panceta que había guardado del viernes, ni el par de huevos de las gallinas cuyo tamaño (aunque no su periodicidad) parece ir mejorando.
Hoy no pueden verse las estrellas, por la luna inmensa, pero Lúa, que parece comprenderlo todo, se ha ido directa al presunto tilo y se ha escondido entre la hierba alta, entre las "sombras en la hierba" de
Karen Blixen [1]. Desde allí me llama y me provoca, pero no consigue retraer una cierta tristeza que me acompaña, cuando encuentro dificultad en conversar.

Dice Paco que, con suerte, las golondrinas volverán al tejadillo de la terraza, junto a la parra, pero yo creo que algo hemos hecho mal en todo ello.

Quizá las cosas pasen, me sobrepasen y me envuelvan.

No sé, son cosas de perros, árboles y pájaros, cosas de uno mismo que acompañan el alma, pero no dejo de estar entristecido y tiendo a sentir lo que mi padre hubiera dicho.



[1] Isak Dinesen, “Sombras en la hierba”, Ed. Alfaguara, Madrid, 1986.